¿Y SI JUNTAMOS HOLTERS CON SPITZES? CREANDO PUENTES A TRAVÉS DE LA INNOVACIÓN SOCIAL

¿Y SI JUNTAMOS HOLTERS CON SPITZES? CREANDO PUENTES A TRAVÉS DE LA INNOVACIÓN SOCIAL

Hasta mediados del siglo XX quienes sufrían de hidrocefalia morían. Todo cambió en 1955 cuando Casey, el hijo de John Holter, nació con hidrocefalia. En el Hospital de Niños de Filadelfia, el Dr. Spitz, quien llevaba varios años buscando sin éxito una solución a la hidrocefalia, le explicó el problema a John, quien supo inmediatamente que podía solucionarlo ya que en el fondo se trataba de un problema hidráulico. John no era médico, era mecánico y sabía que era capaz de diseñar una válvula que regule la presión intracraneal causada por la hidrocefalia desalojando el líquido extra del cerebro sin peligros.

Es fácil imaginar el furor con el que un padre se pone a trabajar para salvar la vida de un hijo con sus días de vida contados. El primer diseño de la válvula lo hizo la misma noche al regresar del hospital, y a las 3 semanas Dr. Spitz estaba instalando el primer prototipo en la cabeza de Casey. Lamentablemente el material usado no fue el adecuado y Casey murió. Tan sólo una semana después otro paciente sería el primer caso exitoso en recibir la válvula, esta vez hecha de silicona. Desde entonces, la utilización de la válvula Spitz-Holter es un procedimiento rutinario que ha salvado la vida de cientos de miles de personas.

Esta es una historia de una innovación de gran impacto que surgió de una casualidad: cuando la persona que llegó a tener el problema era la misma que tenía el conocimiento para resolverlo. Pero perfectamente podía haber ocurrido mucho antes: el conocimiento para diseñarla existía pero quienes tenían el problema eran invisibles.

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